"Guía práctica para el explorador cinéfilo" por M. Eugenia Martinez CULTURA NÚMERO 6, Abril 2011

Guía práctica para el explorador cinéfilo
(o cómo asistir al BAFICI y no desencadenar en el intento)


María Eugenia Martinez
eugeniamartinez@elpancholacoca.com.ar

¿Qué decir acerca del BAFICI? ¿Debo hablar sobre el BAFICI? ¿Es realmente necesario hacer un resumen de lo que el festival tiene para ofrecer? Estas y otras tantas preguntas son las que acudieron a mi mente al momento de pensar en escribir acerca del festival de cine independiente más prestigioso de América Latina. Quizás la salida más común (y más simple, por qué no decirlo) podría haber sido detallar una crónica de su historia o de las películas que integran la competencia, pero lo cierto es que para eso está la web. En cambio, resulta mucho más interesante y desafiante intentar dilucidar qué significa la presencia de tamaño festival en nuestras vidas.
Como para todo en este mundo, existen múltiples reacciones a la congregación cinéfila que ocurre cada abril, año tras año. Los hay quienes ni siquiera se enteran de que existe, quienes se enteran y reprograman toda su rutina para poder asistir a la mayor cantidad de películas posibles, quienes van sólo a ver esa película,  y hay otros tantos que se enteran, se entusiasman, se programan los diez días de  festival y nunca van (entre los que me cuento).
En tanto que no puedo decir mucho del mismo (porque no estoy en tema, porque no soy una asistente perfecta, y porque no pretendo hacer una crónica de lo que sucede en el evento), pensé que quizás hay por el mundo otras almas como yo a las que les pueda servir mi experiencia, que intentaré echar en palabras, para convertirlas en algo así como una guía para el novato en este tipo de acontecimientos que poco tiene que ver con la cotidianeidad.
Lo cierto es que sí tuve la oportunidad de asistir al BAFICI y, siendo una completa ajena al mundillo del cinéfilo, hay ciertas curiosidades que puedan resultar interesante tanto para el que siempre quiso ir y nunca lo hizo, como para el aficionado, como para el que nunca se enteró que todos los años se hace un festival de cine independiente de trascendencia internacional y quizás quiera enterarse de qué se trata.
De tanto disfrutar e interesarme por el cine, llegó el día en el cual comencé a pensar que mi gusto por mirar las más variadas piezas del séptimo arte requería de otro status, quiero decir: el cine demandaba que yo le dedicara más espacio en mi vida. Es así que una tarde de abril decidí adentrarme al insólito mundo del festival de cine independiente.
No me gusta el cine pochoclero. O para ser más honesta: detesto el cine pochoclero, de efectos especiales y superproducciones. Y todo su folclore de megabutacas, pseudo bares ambulantes de precios estrambóticos y menúes ridículos. Me gusta el cine por lo que cuenta, por las sensaciones que me genera y las ideas que provoca, no por su circo. Por lo tanto, la idea de comenzar a bucear las aguas “independientes” de la industria cinematográfica me pareció sumamente acertada y  tentadora.
Hecha la aclaración, puedo comenzar con los pequeños detalles que pueden suceder y comparto a modo de advertencia. En principio, la odisea de ver una película. Después de leer hojas y hojas de un libraco muy bien diseñado (el cual –aclaro- hay que comprar aparte) donde exhaustivamente y separadas por categorías (las que corresponden a cada sección de la competencia) se pueden leer las sinopsis de las muchas piezas en exhibición, y pasar a otro más pequeño donde la grilla de los horarios de las películas lucha por hacerse un lugar en las páginas contra las incontables propagandas y avisos de auspiciantes. Hecho esto, por fin encontramos una película que nos interesaría ver en un horario que nos resulta accesible (que no es, claro está, un jueves a las 13:53 del mediodía). De cualquier manera, uno consigue acordar con uno mismo un film deseado en un horario accesible, entonces se dirige al cine en cuestión (hay más de veinte salas de cine habilitadas durante los diez días que dura el festival) realmente contento, porque además de que va a ver una película que de otra manera quizás nunca vería (un porcentaje muy bajo de las películas exhibidas en el BAFICI llegan luego a las salas comerciales), lo va a hacer a un precio más que razonable, lo que resulta ser una verdadera ganga ¿o no? Y así contento, llega al cine y se encuentra con que ya no hay más entradas…pero ¿cómo?  Se agotaron hace dos días, no hace dos minutos, dos días…lo que quiere decir que cuando la película todavía no había sido elegida ya era inaccesible. Lección número uno: apurate porque se agotan!
Pero si tuviste la suerte de poder asistir a la película (y en ese caso te podes considerar un forastero privilegiado) entonces pueden suceder dos cosas: que al terminar la misma sientas que acaba de concluir la tortura más grande de tu vida (si sos como yo, que no puede levantarse de una película a la mitad -¿por qué tendré esa maldita manía de seguir mirando hasta el final algo que ya sé que no me va a gustar?-) y, acto seguido, arrepentirte y acordarte de toda la familia del director , mientras te preguntas quién o qué pudo haberte hecho pensar que esa podía ser una buena película. La regla del novato que no pertenece al círculo de aficionados al submundo del cine independiente indica que si a vos no te gustó, seguro que a todos los entendidos en el tema les pareció una obra maestra…aún si fueron ochenta minutos de un solo plano a –digamos- un edificio abandonado o una manada de rinocerontes, donde la banda de sonido es un ukelele haciendo sonar una melodía monótona. “Es un film conceptual”, dirán los que saben. Lección número dos: desconfiá del saber especializado, que por ser experto no significa que es siempre acertado.
 En fin…la segunda situación que puede pasar es que realmente la película llegue a tocarte el corazón, hacerte llorar de la risa, o romperte la cabeza por las ideas que te dejó. Entonces vas a pensar que hiciste una muy buena elección, que el BAFICI es un gran festival, y que “cómo puede ser que la gente no se cope con estas cosas”. Genial. Pero, el detalle (siempre el detalle): todos, absoluta e inexorablemente todos alrededor tuyo salen de la sala opinando que la filmación fue de una pésima calidad, que la fotografía estuvo muy floja, y que encima eran malos los actores. Lección número tres (y que se relaciona con la número dos): no comentes tus impresiones en un círculo de expertos porque te vas a sentir un ignorante, aún sin serlo. Entonces es ahí donde te das cuenta que ese no es tu lugar, que (al igual que yo) es mejor quedarse en casa a mirar un DVD prestado por un amigo o ir al cine con un cupón de 2x1, tratando de evitar aquellos recintos donde abundan los nachos con queso y las supergaseosas a $70 el vaso.
Y es así como pasa un ajeno por el mundo del festival para entendidos. En el transcurso uno puede llegar a experimentar miles de sensaciones: extrañeza, incomodidad, curiosidad, enojo, aburrimiento, bienestar, es larga la lista. Pero lo importante es no dejar de intentarlo: la experiencia puede tornarse fabulosa o aterradora, pero siempre vale la intención. Porque, definitivamente, sobre gustos no hay nada escrito. Y el cine es, como todo el arte,  un placer tan subjetivo que merece ser admirado como a uno más le guste.


"Homero Manzi" por Norberto Galasso AYER NOMÁS NÚMERO 6, Abril 2011

Homero Manzi


Por Norberto Galasso

Hacia 1915, llegó de su Añatuya natal, callada y desvalida -que él llamaba “Aña-mía”- y se metió con su espíritu poblado de versos en un Boedo mistongo que se derramaba en cafetines, lustrabotas y mendigos hacia esa Chiclana amenazada por la inundación. Ahí caminoteó atardeceres con Cátulo Castillo, Julián Centeya y el “loco Papa” y ahí resolvió su dilema shakespereano trasladado al suburbio: ¿Ser hombre de letras o hacer letras para los hombres? Por un lado, la Academia y el galardón literario, la cátedra con sus bostezos y el concurso amañado del premio municipal. Por otro, la fidelidad a los hombres del café Dante y El Aeroplano, al submundo del barrio de Las Latas, a las pibas de Alsina, al “farol balanceando en la barrera” y al “codillo llenando el almacén”. En la disyuntiva, Manzi optó por el mundo de “las chatas entrando al corralón”, chapaleando barro bajo el cielo de Pompeya, herido de lonjas rojas, con sus gorriones y fabriqueras, con el eco de un bandoneón-“mariposa de alas negras”- brotando del último organito de una ciudad entristecida.
Así se lanzó entonces a nutrir a la auténtica cultura de los argentinos, dotando a la canción popular de una pincelada lorquiana, al tiempo que imbuía a la milonga de un acento candombero que promovería el elogio del mismísimo Nicolás Guillén. Sus “versos para los hombres” acunaron entonces a la negra María, consolaron a la mulata abandonada, invocaron al Papá Baltasar en nombre de los chicos pobres, eternizaron al viejo ciego del violín y también a aquella Malena “con voz de sombra”, en el paisaje indeleble de un “sur, paredón y después”. –De ese modo, estampó una radiografía carreguiana de personajes y aconteceres de la realidad, tan humildes y por eso, precisamente, tan importantes.
De idéntica manera, se definió  Homero en la cuestión política. En vez del camino fácil a las diputaciones que le abría un radicalismo conciliador, prefirió, como decía  Yrigoyen, la senda escarpada entre los precipicios, aquella que, según el caudillo mendocino Lencinas, sólo puede treparse en alpargatas. Así, el muchacho irigoyenista de la trifulca universitaria contribuyó a fundar F.O.R.J.A: en 1935, porque supo que “éramos una Argentina colonial” y no vaciló en exigir una Argentina liberada. El voto directo en “las internas” partidarias, nacionalización de las empresas extranjeras y la reivindicación de los derechos de los trabajadores se hicieron punta una y otra vez en su palabra lanzada al viento, en las tribunas esquineras, modestas tarimas de cajoncitos de cerveza, desde donde chisporrotearon luminosas verdades argentinas en la noche sombría de los años treinta.  Aquel que calificaba a la piel de una muchacha como “magnolia que mojó la luna” se transmutaba entonces en orador de combate: “Nos quieren hacer creer que hay una cosa intocable en la economía: el  gran capital... Nos quieren convencer que el ferrocarril apenas da ganancia a sus accionistas... Hay que crear la mentalidad opuesta y nacional, que frente a esa lamentación diga sencillamente esto: que se vayan a la puta que los parió esos accionistas”.
area dura esa de la catacumba forjista, en esa época en que la tisis roe los pulmones de las mujeres que pedalean en la máquina de coser “Singer”, cuando los rufianes controlan lacalle Corrientes y las adolescentes  desaparecen misteriosamente del conventillo atraídas por “las luces del centro”, tiempos infames que su amigo, aquel “del talento enorme y la nariz”, denuncia en “Yira, yira...” y “Cambalache”.  Enorme coraje moral el suyo para continuar la prédica, mientras el diputado Pinedo declara sin sonrojos, en el Congreso, que las empresas inglesas le han pagado diez mi libras esterlinas por un proyecto, mientras un Decano de Facultad proclama: “Aquí no quiero obreritos” y los presidentes de mesas electorales reciben a los sufragantes con un “rajá, que ya votaste”. Sin embargo, la misma tenacidad del poeta para recrear las emociones de sus compatriotas, se derrama en la lid política donde fermentan tiempos nuevos. Es irigoyenista “como pude haber sido reconquistador en 1807, libertador en 1810... montonero en 1830, confederacionista en 1855 y revolucionario en 1890”. Por eso mismo, cuando las masas trabajadoras irrumpen en el escenario político,  Manzi no vacila en su vieja fe y se identifica con ellas. No se integra al peronismo, sin embargo, sino que lo apoya desde su propia perspectiva. Entonces, dice: “Quienes nos tildan de opositores, se equivocan. Quienes nos tildan de oficialistas, también. No somos ni oficialistas ni opositores. Somos revolucionarios”. El amigo del pueblo, al que expresa en sus versos y al que acompaña en su experiencia política, a la cual valora como una nueva expresión del movimiento nacional que encarna, tiempo atrás, don Hipólito Yrigoyen.
 Poco después –el 3 de mayo de 1951 - la muerte le punguea el corazón en el Sanatorio Costa Boero y se lo lleva, “lleno de luces y colores... que integran mi cortejo final de despedida”. Sin embargo, aún hoy, cuando en la radio del taxi de la madrugada o en la disquería noctámbula de Corrientes, florecen otra vez sus versos “con un perfume de yuyos y de alfalfa/ que nos llena de  nuevo el corazón”, parece como si el Homero indoblegable se pasease todavía con su cara redonda y sus ojos limpísimos de niño- esos por donde “su frente triste de pensar la vida, tiraba madrugadas” como diría Cátulo Castillo- para mantener  viva la canción y alentarnos la esperanza.